LA ENFERMEDAD DE LA ANGUSTIA


Está hoy de moda en ciertos medios hablar de "inquietud metafísica", e incluso de "angustia metafísica". Expresiones estas evidentemente absurdas, pero que forman parte sin embargo de aquéllas que traducen el desorden mental de nuestra época. Sin embargo, como suele ocurrir en casos semejantes , puede haber cierto interés en determinar qué se esconde en estos errores, y qué implican exactamente tales abusos del lenguaje.

Es evidente que quienes así hablan no tienen la menor noción de lo que verdaderamente es la metafísica; y uno puede preguntarse por qué quieren, a la idea que se forman de ese dominio desconocido para ellos, aportar estos términos de inquietud y de angustia con preferencia a cualquier otro que no estaría ni más ni menos fuera de lugar.

Sin duda la primera razón o la mas inmediata que hay considerar, reside en el hecho de que estas palabras representan sentimientos particularmente característicos de la época actual; la predominanacia que han adquirido es muy comprensible, y podría incluso en cierto sentido considerársela legítima si se limitara al orden de las contingencias, pues no está sino muy justificada manifiestamente por el estado de desequilibrio y de inestabilidad de todo, desequilibrio que va sin cesar agravándose, y que casi con toda certeza no existe para dar sensación de seguridad a quienes viven en un mundo tan confuso.

Si hay en estos sentimientos algo de enfermizo, es que la misma situación que los causa y sostiene es anormal y desordenada. Pero todo esto, que no es en suma sino una simple explicación de hecho, no da suficientemente cuenta de la intrusión de estos mismos sentimientos en el orden intelectual, o al menos en lo que pretende tener su lugar entre nuestros contemporáneos; esta intrusión demuestra que el mal es más profundo en realidad, y que debe haber aquí algo que se relaciona con todo el conjunto de la desviación mental del mundo moderno.

A este respecto, se puede señalar en principio que la inquietud perpetua de los modernos no es otra cosa que una de las formas de esa necesidad de agitación que a menudo hemos denunciado, necesidad que, en el orden mental, se traduce por el gusto por la búsqueda en sí misma, es decir, por una búsqueda que, en lugar de encontrar su término en el conocimiento, como normalmente debería, se prosigue indefinidamente y no conduce verdaderamente a nada, y que además es emprendida sin ninguna intención de llegar a una verdad en la cual tantos de nuestros contemporáneos ni siquiera creen.

Entendemos que una cierta inquietud puede tener lugar legítimo como punto de partida de toda búsqueda, como móvil que incita a esta misma búsqueda, pues es evidente que, si el hombre se encontrara satisfecho de su estado de ignorancia, permanecería indefinidamente en él y no pretendería en modo alguno escapar; sería mejor entonces dar a esta especie de inquietud mental otro nombre: no es otra cosa, en realidad, que esa "curiosidad" que, según Aristóteles, es el comienzo de la ciencia, y que, por supuesto, no tiene nada en común con las necesidades puramente prácticas a las cuales los "empiristas" y los "pragmatistas" querrían atribuir el origen de todo conocimiento humano.

Pero en todo caso, llámese inquietud o curiosidad, es algo que no podría tener ninguna razón de ser ni subsistir en modo alguno cuando la búsqueda ha alcanzado su objetivo, es decir, desde el momento que se logra el conocimiento, sea por otra parte del orden de conocimiento que sea; con mayor razón debe necesariamente desaparecer, de manera completa y definitiva, cuando se trata del conocimiento por excelencia, que es el del dominio metafísico.

La idea de una inquietud sin fin, y en consecuencia inútil para alejar al hombre de la ignorancia, sería indicadora de un cierto "agnosticismo", más o menos inconsciente en muchos casos, pero que no por ello menos real.

Hablar de "inquietud metafísica" equivale en el fondo, se quiera o no, ya sea a negar el conocimiento metafísico mismo, ya sea al menos a declarar la impotencia de alcanzarlo, en lo cual prácticamente no hay gran diferencia.

Y cuando este "agnosticismo" es verdaderamente inconsciente, se acompaña de ordinario de la ilusión de tomar por metafísica lo que no lo es en absoluto, y ni en algún grado de conocimiento válido, aunque sea en un orden relativo; queremos decir que la "pseudo-metafísica" de los filósofos modernos, es efectivamente incapaz de disipar toda inquietud, ya que no es un verdadero conocimiento, ni puede, por el contrario, otra cosa que aumentar el desorden intelectual y la confusión de ideas en aquéllos que la toman en serio, y tornar su ignorancia tanto más incurable,

Aquí, como en cualquier dominio, el falso conocimiento es ciertamente peor que la pura y simple ignorancia natural.

Algunos, como hemos dicho, no se limitan a hablar de "inquietud", sino que llegan incluso a hablar de "angustia", lo que es aún más grave, y expresa una actitud quizá más claramente antimetafísica si es posible.

Por otro lado, ambos sentimientos están más o menos conectados entre sí, ya que ambos tienen a la ignorancia como común raíz. La angustia, en efecto, no es sino una forma extrema y por así decir "crónica" del miedo; ahora bien, el hombre es naturalmente llevado a sufrir miedo ante lo que no conoce o no comprende, y este miedo se convierte en un obstáculo que le impide vencer la ignorancia, pues le obliga a huir del objeto en presencia del cual la comprueba y al cual atribuye la causa, cuando en realidad esta causa no está sin embargo más que en sí mismo.

Esta reacción negativa muy a menudo es seguida de un verdadero odio respecto de lo desconocido, sobre todo si se tiene la impresión más o menos confusa de que eso desconocido es algo que supera sus actuales posibilidades de comprensión.

Si no obstante la ignorancia pudiera disiparse, el miedo se desvanecería por sí mismo, como se ve en el caso de la cuerda que se piensa que es una serpiente. El miedo, y en consecuencia la angustia que no es sino un caso particular suyo, es pues incompatible con el conocimiento, y si el miedo llegara a tal grado que fuera verdaderamente invencible, el conocimiento sería entonces imposible, incluso en ausencia de todo otro impedimento inherente a la naturaleza del individuo. En este sentido, se podría entonces hablar de una "angustia metafísica", que desempeñara en cierto modo el papel de un verdadero "guardián del umbral", según la expresión de los hermetistas, prohibiendo al hombre el acceso al dominio del conocimiento metafísico.

Todavía sin embargo es necesario explicar más completamente cómo el miedo deriva de la ignorancia, tanto más cuanto que hemos tenido recientemente la ocasión de constatar un error bastante sorprendente: hemos visto atribuir el origen del miedo a un sentimiento de soledad, y ello en una exposición que se basaba en la doctrina vedántica, precisamente cuando ésta doctrina enseña expresamente que el miedo es debido al sentimiento de la dualidad; y en verdad, si un ser estuviera realmente solo, ¿de qué podría tener miedo?

Se dirá quizás que podría tener miedo de algo que hubiera en si mismo; pero esto implica la existencia en él, en su condición actual, de elementos que escapan a su propia comprensión, y en consecuencia de una multiplicidad no unificada.

El hecho de que se encuentre o no aislado, no cambia por otra parte nada y no interviene en modo alguno en semejante caso.

Por otro lado, no se puede invocar validamente, en favor de esta explicación por la soledad, el miedo instintivo que sufre en la obscuridad mucha gente, y especialmente los niños; este miedo se debe en realidad a la idea de que puede haber en la obscuridad algo que no se ve, luego algo que no se conoce, y que es temible por esta misma razón; si por el contrario la obscuridad fuera considerada como vacía de toda presencia desconocida, el miedo no tendría objeto y no se produciría.

Lo cierto es que el ser que padece miedo busca la soledad, pero precisamente para substraerse del miedo; adopta una actitud negativa y se "retracta" como para evitar todo contacto posible con lo que teme, y de allí proviene sin duda la sensación de frío y los demás síntomas fisiológicos que acompañan habitualmente al miedo. Sin embargo esta forma de defensa irreflexiva es ineficaz, pues no deja de ser evidente que, haga lo que haga una persona, no puede aislarse realmente del medio en el cual está situado por sus propias condiciones de existencia contingente, y en tanto se considere como rodeado por un "mundo exterior", le es imposible estar enteramente al abrigo de su alcance.

La causa del miedo no es otra que la existencia de otros seres, que, en tanto que son otros, constituyen ese "mundo exterior", o de elementos que, aunque incorporados al propio ser, no son menos extraños y ''exteriores'' a su conciencia actual. Pero "el otro'' como tal no existe sino por efecto de la ignorancia, puesto que todo conocimiento implica esencialmente una identificación. Se puede decir entonces que más un ser conoce, menos existe para él lo "otro" y lo "exterior", y en igual medida, la posibilidad del miedo, posibilidad por otra parte totalmente negativa, que queda abolida por el conocimiento. Finalmente, digamos que el estado de "soledad" absoluta (kaivalya), que está más allá de toda contingencia, es un estado de pura impasibilidad.

Señalemos de pasada, a propósito de esto, que la "ataraxia" (impasibilidad) estoica es concepción deformada de tal estado, pues pretende aplicarse a un ser que en realidad está todavía sometido a las contingencias, lo cual es contradictorio; esforzarse en tratar las cosas exteriores como indiferentes, tanto como se pueda en la condición individual, puede constituir una especie de ejercicio preparatorio con miras a la "liberación", pero nada más, pues, para el ser que está verdaderamente "liberado", no hay nada exterior. Tal ejercicio podría en suma considerarse como equivalente de lo que, en las "pruebas" iniciáticas, expresa bajo una u otra forma la necesidad de superar en principio el miedo para alcanzar el conocimiento, el cual a su vez hara imposible el miedo, puesto que no habrá nada entonces por lo que el ser pueda verse afectado; además es evidente que no hay que confundir los preliminares de la iniciación con su resultado final.

Otra indicación que, aunque accesoria, no deja de tener interés, es que la sensación de frío y los síntomas exteriores a los cuales hemos aludido hace un momento, se producen también, incluso sin que el que los experimenta tenga conscientemente miedo propiamente hablando, en los casos en que se manifiestan influencias psíquicas del orden más inferior, como por ejemplo en las sesiones espiritistas y en los fenómenos de "obsesión". Pero en ésto sin embargo se trata todavía de la misma defensa subconsciente y casi "orgánica", en presencia de algo hostil y al mismo tiempo desconocido, al menos para el hombre ordinario que no conoce efectivamente sino lo que es susceptible de caer bajo los sentidos, es decir, las cosas del dominio corporal.

Los "terrores pánicos", que se producen sin ninguna causa aparente, se deben también a la presencia de ciertas influencias que no pertenecen al orden sensible; además son a menudo colectivos, lo que se opone aún más a la explicación del miedo causado por la soledad. Y en este caso, no se trata necesariamente de influencias hostiles o de orden inferior, pues incluso puede ocurrir que una influencia espiritual provoque un terror de esta especie en los "profanos" que vagamente la perciben sin conocer su naturaleza. El examen de estos hechos, que no tienen en suma nada anormal a pesar de lo que pueda pensar la opinión común, no deja de confirmar que el miedo es realmente causado por la ignorancia, y ésta es la razón de que hayamos creído oportuno señalarlo de pasada.

 
Volviendo al punto esencial, podemos decir ahora que quienes hablan de "angustia metafísica" demuestran, en principio, su ignorancia total de la metafísica. Además, su propia actitud hace que esta ignorancia se torne invencible, tanto más cuanto que la angustia no es un simple sentimiento pasajero de miedo, sino un miedo transformado en cierto modo en permanente, instalado en el propio "psiquismo" del ser, y por ello la angustia puede considerarse como una verdadera "enfermedad"; y en tanto que no se supere, constituye propiamente hablando, como con otros graves defectos de orden psíquico, una "descalificación" para el conocimiento metafísico.

El conocimiento, pues, es el único remedio definitivo a la angustia, así como al miedo en todas sus formas y a la simple inquietud, puesto que estos sentimientos no son sino consecuencias o productos de la ignorancia.
Por tanto el conocimiento, desde el momento en que se logra, los destruye enteramente en su propia raíz y los torna desde entonces imposibles, mientras que, sin el conocimiento, incluso si momentáneamente se los descarta, pueden siempre reaparecer a merced de las circunstancias.

Si se trata del conocimiento por excelencia, su efecto repercutirá necesariamente en todos los dominios inferiores, y así estos mismos sentimientos desaparecerán también respecto de las cosas más contingentes; ¿cómo, en efecto, podrían afectar a aquél que, viéndolo todo en su principio, sabe que, sean cuales fueren las apariencias, no son en definitiva sino elementos del orden total? Ocurre con esto como con todos los males que sufre el mundo moderno: el verdadero remedio no puede venir sino de lo alto, es decir, de la restauración de la intelectualidad pura. En tanto se pretenda remediar por lo bajo, es decir, limitándose a oponer contingencias a contingencias, todo lo que se logre será vano e ineficaz; pero, ¿quién sabrá comprenderlo mientras todavía le es posible?


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FINIS MUNDI

 

 

 

 

 

 

 

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